miércoles, 16 de mayo de 2018

Bodorrios y herencias


La organización de bodas y el reparto de herencias pueden acabar en pleito. Afortunadamente, la mayoría de las veces el asunto se reconduce, pero en algunas ocasiones termina con separaciones, malas caras o enfados de por vida. Vayamos por partes.

Si una pareja opta por dar el paso hacia el matrimonio, es porque antes lo han hablado y han llegado a ese acuerdo. En caso contrario, mejor lo dejamos aquí y no seguimos adelante por esa vía, hasta mejor ocasión. Pero avancemos en la argumentación y supongamos que las dos personas de la pareja quieren casarse. Nos toca entonces resolver la siguiente cuestión: ¿boda o bodorrio? A efectos civiles, de cara a compartir vida, renta y patrimonio, las dos son equivalentes. Para todo lo demás, está claro que no. La boda –sin más- es un acto muy sencillo y no requiere grandes ocupaciones de tiempo ni consume grandes sumas de dinero. Se puede resolver en cualquier ayuntamiento, capilla o juzgado sin mayores trámites que los mínimos para evitar el fraude consentido. Si encima puede oficiar una amiga, un familiar o un conocido, pues tanto mejor.

Sin embargo, cuando uno de los futuros contrayentes pretende un bodorrio y el otro no, se plantea un grave problema del que salen chispas y que puede socavar la relación. Hagamos el salto y supongamos que al final alcanzan un consenso de mínimos para hacer ese bodorrio más o menos acotado. La siguiente cuestión es otra fuente de polémicas: ¿quién lo organiza? ¿Uno de los futuros cónyuges, el otro, ambos, la familia del primero, la del otro, todos en comandita? No hay solución perfecta ni universal. Evidentemente, cuanto más se abre el abanico de opinadores, mayor probabilidad de pleito y mayor numero potencial de personas invitadas. Aquí, un truco muy fácil y eficaz: reservar primero el local del evento, tanto de la boda como sobre todo del banquete, para después ajustar la lista de testigos y comensales a ese aforo. Si se hace a la inversa, se puede terminar invitando a la prima de Cuenca (solo por ser prima), al anterior jefe del trabajo (aunque era un sinvergüenza) o al ex de la pareja (que, a pesar de todo, no es mal tipo). Y todo ello en un local del tamaño de un hangar, en el cual dan cita para dentro de dos años. Queda claro que el tema se ha ido de las manos.

Nos faltan las herencias. Partimos de un hecho diferencial con respecto a lo anterior y es que la (supuesta) alegría del enlace aquí se sustituye por la (supuesta) tristeza por el fallecimiento de un familiar o un amigo. Queda claro que si el caudal neto acumulado es pequeño o incluso negativo, nadie sale a la palestra a reclamarlo. Aquí se suceden las huidas y las renuncias ante notario. Sin embargo, cuando la cantidad no es despreciable, los herederos afloran y entonces algunos lloran con amargura al finado y comienzan a protestar por la onerosidad del Impuesto sobre Sucesiones. Si en algún periódico han leído que los herederos de 800.000 euros tienen que pagar un porcentaje importante de esa herencia, eso les estimula y entonces claman al cielo, aunque sea con plegarias interesadas.

Háganme caso. Es mucho mejor no heredar porque ello significa que nadie cercano se nos ha ido. Si al final el deceso ocurre, por pura ley de vida, pues bienvenido sea el incremento lucrativo de patrimonio, cuanto mayor mejor, pero no olvidemos que hay que pagar el tributo que corresponda, igual que también paga más quien obtiene una ganancia por un premio o quien ve crecer de repente su salario. Finalmente, si hemos satisfecho nuestros deberes como contribuyentes y, además, hemos logrado no enemistarnos con nadie, entonces estará justificada una copiosa celebración. Hasta podría ser en el mismo restaurante de la boda.

Publicado en La Voz de Avilés el dd de abril de 2018

lunes, 14 de mayo de 2018

Universidad del Bajo Nalón


La Universidad de Oviedo, la de toda Asturias, tiene una tarea pendiente con la Extensión Universitaria. También con el Bajo Nalón.

Comencemos por recordar que en los últimos años del siglo XIX, la Universidad de Oviedo contaba en su claustro con profesores de la talla intelectual de Alas, Sela, “los adolfos” (Posada y Buylla), Aramburu, Altamira o Canella, entre otros muchos, imbuidos por las ideas krausistas que orientaban la Institución Libre de Enseñanza. Además de abogar por la renovación pedagógica y científica dentro del aula, los integrantes de ese Grupo de Oviedo, como se les conoció desde entonces, pretendían sacar las enseñanzas superiores fuera de esos muros de ladrillo, llevándolas también a las clases menos pudientes. Aquella universidad elitista comenzaba a abrirse, por lo que la iniciativa presentaba un clarísimo componente educativo y, sobre todo, un marcado carácter social. Así nació la Extensión Universitaria.

El Grupo de Oviedo otorgó un enorme prestigio a la provinciana Universidad de Oviedo, si bien no tuvo continuidad durante demasiado tiempo, por los traslados o los fallecimientos de sus protagonistas, que no pudieron ser relevados por personajes a su altura. Después vendrían la guerra civil y la larguísima dictadura, incluido el “atroz desmoche” –expresión de Laín Entralgo- en forma de purgas y depuraciones a catedráticos desafectos al régimen franquista. Ya en la nueva etapa democrática, la Universidad de Oviedo recupera su dinamismo y, más aún, desde que las competencias son autonómicas. Pero, en todo ese proceso, ¿qué fue de la Extensión Universitaria? No pretendo ahora hacer un relato histórico, ni por espacio disponible, ni siquiera por ganas, aunque sí puedo reseñar mi experiencia personal, primero como estudiante y luego como profesor.

Cuando yo entré a la Universidad de Oviedo, allá por el siglo pasado (nota para malvados: fue en 1996), la Extensión Universitaria gozaba de muy buena salud. Los cursos de verano se multiplicaban, había listas de espera y en algunos era más difícil matricularse que comprar una entrada para U2 o los Rolling Stones. La oferta era abundante, la demanda no iba a la zaga, los profesores ganaban un extra muy atractivo, la institución académica ingresaba dinero neto y los estudiantes convalidaban créditos de libre elección. Pero, como toda burbuja, explotó, por variadas causas, pero a mi juicio por dos fundamentales: los cursos de Extensión Universitaria dejaron de computarse como docencia oficial y a los profesores ya no les valoraban –ni pagaban- tanto estas actividades docentes. Como siempre, los incentivos. El caso es que se perdió la ilusión de aquel final del siglo XIX.

Ahora nos queda una Extensión Universitaria devaluada y con poco atractivo. Habrá opiniones y soluciones para todos los gustos, desde cerrar el negocio del todo, hasta dejarlo languidecer o, como sería deseable, reformarlo para devolverle esplendor. Creo sinceramente que sería muy adecuado volver a los orígenes, tratando de que la Extensión Universitaria “extienda la universidad” al conjunto de la sociedad a la que sirve y a todo el territorio en el que se enmarca. Solo necesitamos que el programa de cursos y actividades sea interesante, pero no interesado, cosas que a veces se confunden. En caso contrario, podríamos volver a morir de éxito o a seguir prolongando una innecesaria agonía.

¿Y qué tiene que decir el Bajo Nalón en todo esto? A mi juicio, mucho. Tenemos un tejido asociativo revitalizado, sobre todo desde hace unos pocos años, el cual puede servir como pasarela entre la Universidad de Oviedo y los vecinos, al lado de instituciones como el Real Instituto de Estudios Asturianos (Ridea) e incluso otras universidades. Disponemos de buenos locales (sin ir más lejos, las casas de la cultura) y, sobre todo, detecto que hay ganas de hacer cosas atrayentes. Por si fuera poco, hay profesores y catedráticos de esta comarca o vinculados a ella que podrían contribuir con su ingenio y su trabajo, pudiendo mencionar, sin desmerecer a todos los demás, a Rigoberto Pérez Suárez, Antonio Martínez Arias o Jesús Arango Fernández, los tres del ámbito de la Economía, no el más importante, pero sí el que más conozco. Tampoco me olvido del jurista y artista Juan Méjica García, ni de talentos únicos, como es el caso de Lolo Serantes. Siento sana envidia cuando veo todos los veranos las magníficas Jornadas de Historia que se celebran en Navia, organizadas por el cronista local, Servando Fernández Méndez. Es una buena referencia para simbolizar lo que trato de expresar aquí.

En cuanto a posibles temas para abordar en los cursos de Extensión Universitaria en el Bajo Nalón, no faltarían ideas. Como muestra, podemos recurrir a la vida y obra de nuestros ilustres visitantes en el pasado (Joaquín Sorolla, Rubén Darío, Seamus Heany) o en el presente (Juan Jose Millás es un perfecto exponente). El medioambiente, el turismo, el deporte y el patrimonio cultural e industrial son otros temas que darían para múltiples debates, precisamente por estar en uno de los parajes más guapos y con más historia propia y singularidad de toda Asturias. De igual modo, en cultura tenemos experiencias actuales que se deberían aprovechar e impulsar, como las innovadoras actividades de las bibliotecas de Soto del Barco, las Jornadas de Literatura que se celebran en Pravia o los escenarios de cine de Muros de Nalón. Son solo ejemplos, pero habría muchos más.

Como siempre, hacen falta voluntad (abundante), altura de miras (abonda) e iniciativa (como borra). También algo de dinero, pero no demasiado. Estoy seguro de que los ayuntamientos, la Universidad de Oviedo, el Gobierno del Principado de Asturias, el Ridea, las empresas locales y algunas familias ilustres (se me vienen a la cabeza los Fierro y alguna más), podrían aportar recursos para esta apasionante tarea.

Publicado en La Información del Bajo Nalón, nº 8, el 20 de abril de 2018 (digital: 14 de mayo de 2018)